El testimonio de Pablo (1 Timoteo 1:12-17)

El testimonio de Pablo (1 Timoteo 1:12-17)

12 de enero de 2021 3 Por volviendoalabiblia.org

Después de pasar tres años predicando en Éfeso, Pablo dejó allí a un joven predicador llamado Timoteo (cfr. Hechos 19). Como predicador joven, Timoteo se había encontrado con muchos problemas.  Tuvo que combatir a falsos maestros (1:18-20); lidiar con el surgimiento de la falsa doctrina (1:3-7; 4:1-3; 6:3-5); desorden en los servicios de adoración (2:1-15); la necesidad de entrenar obreros calificados (3:1-14) y materialismo (6:6-19). En medio de esto, algunas personas en la iglesia consideraban que Timoteo era demasiado joven (4:12). Aunque para entonces tenía alrededor de 30 años, para la sociedad griega, sin embargo, un hombre llegaba a la mayoría de edad alrededor de los 40 años.

Timoteo también tenía que lidiar con asuntos personales; y por lo que nos dice esta carta, se hace evidente que él tuvo que luchar también contra el desamino. Por lo tanto, Pablo escribe para alentar a este predicador a continuar sirviendo fielmente al Señor. También escribe para desafiarlo a seguir creciendo en el Señor y defender la verdad a pesar de toda la oposición que enfrenta.

En un esfuerzo por lograr su objetivo de alentar a este predicador, Pablo usa su vida como un ejemplo de lo que Jesús puede hacer a través de su gracia y su poder. Él le dice a Timoteo: “¡Mírame! ¡Mira lo que Jesús ha hecho por mí!”.  Pablo sabía que, si Timoteo lograba ver que Dios puede tomar a un hombre como Pablo, con todo su pasado, salvarlo por su gracia y usarlo para su gloria; entonces Dios podría hacer una obra maravillosa a través de Timoteo también. Y, ¿sabe qué? Dios puede hacer lo mismo por nosotros. Él tiene el poder de levantarnos de la condición más vil y miserable, y darnos una vida nueva para su honra y su gloria. Él tiene el poder para quitar nuestra culpa, por más grande y vergonzosa que sea, y darnos una vida nueva para su honra y su gloria. ¡Pablo es un testimonio vivo de ese poder!

Haremos bien, entonces, si nos detenemos un momento para considerar la vida de Pablo. ¿Por qué? Porque me parece que lo que Jesús hizo en, por y para Pablo, también lo ha hecho en, por y para mí, así como todos los que son salvos por su gracia. Únase a mí mientras consideramos el testimonio de Pablo.

EL TESTIMONIO DE PABLO, ES EL TESTIMONIO DE UN PECADOR

En 1 Timoteo 1:13-14, dice, “habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. 14Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús”. En las primeras palabras en el verso 13, leemos sobre los hechos de un pecador. Pablo confiesa que fue culpable de violar todos los mandamientos del Señor. Como hombre “blasfemo”, había hablado mal y en contra del nombre de Dios. De hecho, fue el mismo Señor quien le dijo, “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4). Mientras que Pablo creía estar hacienda la voluntad de Dios, en realidad estaba “persiguiendo” al Señor como quien persigue a un delincuente. Pablo era culpable de aquello que acusaba a los santos. ¡Él era blasfemo! Mientras cometía este pecado, había fallado en amar al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (cfr. Mateo 22:37). Como “perseguidor”, era un perjuicio para el evangelio, y así, llegó a convertirse en cómplice de asesinato, odio y actos de crueldad indescriptibles en contra de su prójimo. En Hechos 7:58, leemos que, con respecto a la muerte de Esteban, la multitud, “echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo”. ¿Cuál era la actitud de Pablo ante aquel crimen violento? “Y Saulo consentía en su muerte” (Hechos 8:1). Pablo “consentía” en la muerte de Esteban. Pablo era cómplice de ese crimen. No obstante, su consentimiento no solo tuvo que ver con la muerte de un hijo de Dios, sino que, además, alentó “una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles” (Hechos 8:1b).  Su obra en esta “gran persecución”, no era la de estar pasivo dando instrucciones, sino que tomó parte activa y sobresaliente en ella. Es así que leemos en Hechos 8:3, “Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel”. Se esforzó mucho en esta “gran persecución”, y tanto que, “Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, 2y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén” (Hechos 9:1). He allí su blasfemia en contra del Señor. Es por eso que Pablo se identifica a sí mismo como un hombre pecador, declarándose culpable ante el Señor. Es verdad que él era un hombre muy religioso, pero, a pesar de eso, él reconoció que estaba muerto en sus pecados.

Ahora, antes de despreciar demasiado a Pablo, pues esa es la tendencia que muchos tenemos; debemos mirarnos a nosotros mismos más de cerca. ¿Por qué? Porque como él, nosotros también fuimos tan culpables como Pablo. No tenemos nada en nuestro pasado qué presumir. Estábamos perdidos y muertos ante el Señor, siendo nuestra vida una llena de maldad, a tal grado de no merecer otro destino que el infierno eterno (cfr. Romanos 3:10-23). Esa era nuestra condición cuando Dios nos encontró.  ¿Y sabe qué? No debemos olvidar eso. No debemos olvidar de dónde Dios nos sacó, para que, de esa manera, nuestros juicios no solo estén llenos de verdad, sino también de misericordia.

Si regresamos a 1 Timoteo 1:13, también podemos aprender sobre el engaño que sufrió este hombre pecador. Pablo dice que hizo lo que hizo en “ignorancia”. Pablo no está poniendo excusas; él simplemente está afirmando un hecho. Pablo, en ese momento, no entendió las ramificaciones de sus acciones. Pensaba que estaba sirviendo ferviente y fielmente al Señor. Había rechazado a Jesús y al mensaje del Evangelio, porque estaba tratando sinceramente de ser fiel a su religión. ¡Estaba en un estado de ceguera hasta que Jesús vino y abrió sus ojos!          

Una vez más, la vida de Pablo refleja la de nuestras propias vidas. De acuerdo con la Biblia, todos los pecadores perdidos son ciegos a su condición y su destino. Pablo dijo que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio” (2 Corintios 4:4). Ellos están, de hecho, “muertos en” sus “delitos y pecados” (Efesios 2:1). Ninguno de nosotros podía ver su propia condición, ni estar consciente de su más grande necesidad, escapar del infierno. No obstante, y por su gracia (Romanos 3:24), Dios “hizo brillar su luz en nuestros corazones” (2 Corintios 4:6/NBD). Nuestros ojos han sido abiertos, y hemos sido convertidos de las tinieblas a la luz (Hechos 26:18). Pablo había sido engañado como todo pecador ha sido engañado. No obstante, así como sus ojos fueron abiertos por la luz del evangelio, así los nuestros han recibido la misma bendición.

En el verso 15 de 1 Timoteo 1, se expone también el diagnóstico de este hombre pecador. Pablo nos lo resume a todos cuando reclama el título de “jefe de pecadores”. Pablo dice que él es el “protos” (πρωτος), es decir, el primero en tiempo, lugar e importancia. Pablo dice que él era tan malo como un hombre puede llegar a serlo. Su maldad era encontrada hasta lo más profundo de su ser (Romanos 7:18-24). Pero ahora, dice, ¡soy salvo! Y así, puede con toda confianza decir, “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 8:25). Este agradecimiento descansaba en el hecho de haber sido librado de su cuerpo de muerte. Ese era su diagnóstico. Ese era su estado. No obstante, en Cristo obtuvo vida, y vida en abundancia (Juan 10:10).

Cuando nosotros miramos con atención nuestra propia vida, y lo hacemos con la misma honestidad con que Pablo consideró la suya, no podemos hacer un diagnóstico diferente. Ahora mismo vemos nuestra vida, y nos damos cuenta que hay muchas cosas todavía que debemos cambiar. Hay muchos tropiezos de los que nos debemos levantar, y muchas cosas que debemos abandonar. Al hacer esto, no es razón para ver minada nuestra integridad. Por el contrario, también existe grandeza y humildad, cuando, estando conscientes de nuestra necesidad de cambio, entonces obramos en consecuencia. La autoridad moral no consiste en ser perfectos y nunca equivocarse. La autoridad moral del cristiano consiste en ser congruente con su convicción de que, si peca, entonces debe arrepentirse, confiando plena y totalmente en la bondad y justicia del Señor. Recuerde, “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 10Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.” (1 Juan 1:8-10). Entonces, aunque el diagnóstico sea negativo y en nuestra contra, siempre debemos tener presente que hoy somos santos por la pura gracia de Dios (1 Corinitos 6:9-11).

EL TESTIMONO DE PABLO, ES EL TESTIMONIO DE UN SANTO

Dice Pablo en los versos 13 y 14 de 1 Timoteo 1, “fui recibido a misericordia”; y agregó, “Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús”. En estas palabras podemos ver los medios de la conversión de este santo. Pablo nos dice que dos grandes dones del Señor resultaron en su salvación: la misericordia y la gracia. En su misericordia, Dios no le dio a Pablo la condena en el infierno que merecía. Mientras que, en gracia, Dios le dio la salvación perfecta que no merecía. Fue la misericordia lo que detuvo la ira de Dios cuando Pablo estaba persiguiendo a la iglesia y blasfemando el nombre y el mensaje de Jesús. Pero, fue la gracia lo que vino a él ese día en el camino a Damasco. ¡Lo enfrentó con respecto a sus pecados y salvó su alma!

Pablo nos dice que la gracia que lo buscó y lo alcanzó, fue “más abundante”. Sí, más abundante que su pecado, porque, “donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20/LBLA). Y es que eso es lo que el hombre sin Dios necesita, abundante gracia. Su pecado es grande. Su culpa es grande. Su condenación es grande. Pero la gracia de Dios es mucho más abundante que toda la maldad y muerte que el hombre pueda padecer. Es interesante que, cuando Pablo dice, “fui recibido a misericordia” (v. 13), leemos una frase en modo pasivo. Esto implica que Pablo no buscó la misericordia, y de hecho, no la merecía; sin embargo, Dios quiso tener misericordia de él. El hombre en pecado no merece misericordia, y aún así, la misericordia vino a todos los hombres. Puede ser que el hombre incluso no entienda la misericordia, y aún así puede llegar a ser suya. No hay razón para estar bajo la ira, estando la misericordia de Dios a nuestra disposición.

Nosotros, los que somos salvos, llegamos a ser salvos por los dos mismos dones que hay en la mano de un Dios glorioso y amoroso. Fue la misericordia de Dios lo que detuvo su ira mientras estábamos en la oscuridad y la muerte del pecado. Fue su gracia la que nos alcanzó para confrontarnos y guiarnos a Jesús. Su misericordia y su gracia es la razón por la cual nuestras almas han alcanzado salvación (Efesios 2:8-9; Tito 3:5).

Usted, estimado amigo que no es cristiano, debe saber que su gracia es mucho más abundante que sus pecados. Tal vez usted piense que el cielo es algo que, por sus malas obras, es un destino al que no puede aspirar. No obstante, por el evangelio sabemos que para todos es posible llegar a la Gloria, si se aferran con todas sus fuerzas a la misericordia y la gracia de Dios. La misericordia y la gracia de Dios no solo es suficiente para la salvación de Pablo. La gracia de Dios es tan abundante, y su misericordia es tan grande, que es posible salvar a todos los que vengan a Dios en obediencia a su voluntad. Tenga en cuenta que, Jesucristo, quien es la manifestación visible de la misericordia y la gracia de Dios, “es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2).

Dice 1 Timoteo 1:14, “Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús”. Aquí tenemos la manifestación de la conversión de este hombre santo. Cuando llegó la gracia, trajo consigo “fe y amor”. Cuando el Señor salvó a Pablo, pudo creer lo que antes había negado. Cuando llegó la gracia, le permitió amar a un Señor y a un pueblo que antes odiaba.

¡Eso es lo que la gracia de Dios en la salvación hará por usted! Le hará creer cosas que siempre había dudado. Le hará amar cosas que siempre había odiado. En otras palabras, la salvación cambiará su vida por completo, total y eternamente (2 Corintios 5:17).

EL TESTIMONIO DE PABLO, ES EL TESTIMONIO DE UN SIERVO

Dice 1 Timoteo 1:12, “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio”. La palabra “ministerio”, es traducción del griego “διακονιαν” (diaconian), es decir, “ministerio” o “servicio”. En la Biblia Textual, 4a edición, dice, “poniéndome en el servicio”. La Nueva Traducción Viviente dice, “me designó para servirlo”. La Nueva Versión Internacional, “al ponerme a su servicio”. La versión Palabra de Dios para Todos, dice, “para su servicio”. La idea evidente, es que el caso trata con ser un “siervo”, o estar al “servicio” de Dios. La gratitud de de Pablo tuvo que ver precisamente con ese honor que ha recibido de servir al Señor. Al considerar este testimonio, tengamos en cuenta los siguientes detalles.

Las razones de este servicio. Pablo dice que está sirviendo al Señor porque él lo “puso” en el ministerio, habiéndolo tenido por “fiel”, o “lleno de fe”, o “lleno de confianza”. Pablo no eligió entrar en ese servicio. La idea es que él llegó a ser predicador y apóstol precisamente por la voluntad de Dios. Esto mismo lo hizo saber en varias de sus cartas. En Romanos 1:1, declaró, “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios”. En 1 Corintios 1:1, “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. En 2 Corintios 1:1, “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. Gálatas 1:1, “Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)”. En Efesios 1:1; Colosenses 1:1 y 2 Timoteo 1:1, “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. Aquí mismo en 1 Timoteo 1:1, dijo, “Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza”. En 1 Timoteo 2:7, sobre sí mismo declaró, “yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles”. En 2 Timoteo 1:11, dijo algo semejante, “yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles”. Entonces, es evidente que el Señor lo llevó y lo puso donde quería que sirviera. Cuando fue colocado allí, Pablo sirvió fielmente ¡para la gloria de Dios! Este fue el desafío de Pablo a Timoteo (1 Timoteo 1:17-19a).

Así sucede con todos los salvos. En la era apostólica, el Espíritu Santo concedió diversos dones a los santos para servir (1 Corintios 12:7-31; Romanos 12:1-8). Hoy en día, cada cristiano puede ser perfeccionado por los oficios que el Señor constituyó (Efesios 4:11), precisamente “para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Lo que nos queda, entonces, es servir allí fielmente.

¿Cuáles son los recursos para el servicio de Pablo? Él mismo nos dice que está sirviendo en este llamado del Señor porque Dios lo “fortaleció” para la tarea. Esa palabra significa “ser fortalecidos y dotados de poder”. Pablo no hizo lo que hizo por ser un gran predicador, o un gran maestro. Tampoco porque tenía un gran intelecto. Tampoco por habilidades innatas. Más bien, hizo lo que hizo, por el poder de Dios. Fue energizado por su llamado y por su oficio por Dios. En otra parte, eso mismo fue su testimonio: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10).

Mi amado hermano, usted no debe temer por lo que el Señor puede llamarle para que haga en su servicio. Porque, si lo llama, lo preparará y lo equipará. Le dará todos los recursos que necesita para hacer su trabajo por él. Ese es el testimonio de Pablo, y ese es el mismo testimonio de las Escrituras: “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Corintios 3:5-6); “Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos” (2 Corintios 4:1); “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 10Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9-10); “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13); “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león” (2 Timoteo 4:17).

EL TESTIMONIO DE PABLO, ES EL TESTIMONIO DE UN MODELO

Pablo escribió, “Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Timoteo 1:16). Pablo dice que, la razón por la que Dios decidió extender su misericordia y su gracia hacia él, fue para usarlo como un patrón, como un ejemplo, como un modelo. Dios quiso usar a Pablo como prueba positiva de su “clemencia”. Esta es una palabra compuesta. Es de makros, largo; thumos, temperamento. Literalmente, de un “largo temperamento”, o de una “largura de ánimo”, “longanimidad”. Al recibir a Pablo, Dios quiso mostrar a todos que, si salvará a este hombre, entonces, sin duda alguna, salvará a todos los que vengan a él. Pablo es un “ejemplo”, un “modelo”, un “patron”, un “boceto”, un “esquema”, una “exposición” de como Dios puede tener misericordia por el hombre. En otras palabras, Pablo está declarando dos grandes verdades aquí que toda persona debe tener presente cuando medita en su propia salvación:

  1. Si Dios pudo salvarme, entonces puede salvar a cualquiera.
  2. La manera en que Dios salvó a Pablo, es un patrón que revela cómo deben ser salvos los demás. Y no, no se refiere a la luz que le dejó ciego, ni a las voces que otros no pudieron entender, sino a la convicción de pecado, a la fe en Jesucristo y su sacrificio, y a la obediencia al evangelio (cfr. Hechos 22:16).

En otras palabras, Pablo dice: “Mi vida es una obra maestra. Dios me ha salvado y me ha exhibido para su gloria, guiando así a otros a sí mismo”.

Mis amados hermanos, es por eso que Él nos salvó a usted y a mí también.   Nos salvó para exponernos ante un mundo perdido y moribundo, para decirles: “¡Si puedo salvar a este, yo también puedo salvarte a ti!”  Nos salvó para ser trofeos de su gracia y testimonios vivientes de su poder que cambia las vidas (Efesios 2:10; Santiago 2:18; Mateo 5:16).

EL TESTIMONIO DE PABLO, ES EL TESTIMONIO DE UNO QUE ALABA

Consideremos la alabanza de Pablo, “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Timoteo 1:17). Pablo recordó lo que era antes de que Jesús lo encontrara, y todo lo que Jesús hizo por él. Y cuando lo considera todo, no puede contener su himno de alabanza. ¡Él irrumpe en una doxología de alabanza a la gloria de Dios! Su corazón se desborda por las bendiciones de Dios recibidas.

Pablo nos da el ejemplo correcto. Todos los santos deben de recorder dónde y cómo los encontró el Señor, y desde luego, la razón por la cual los encontró (cfr. Isaías 51:1). Deben recordar lo que Dios está haciendo a través de ellos (1 Corintios 2:9), y a dónde los está llevando (Juan 14:1-3). Cuando consideremos dónde y cómo nos encontró, qué hizo por nosotros, qué está haciendo en nosotros y hacia dónde nos lleva, ¿Cómo podríamos abstenernos de alabarlo? Cuando recordamos quién es él y quiénes somos nosotros, ¿Cómo podríamos no alzar nuestras voces para alabarle? Es así que todos los que conformamos el pueblo de Dios, podemos entender que él es digno de nuestras alabanzas. Hacer memoria de todas las bendiciones que nos ha dado, es la fuerza motivadora que nos impulsa a alabarlo día con día (Hebreos 13:15; Salmo 50:23; 14-15).

¿CUÁL SERÁ SU TESTIMONIO?

Si usted es salvo, debe tener un testimonio que se asemeja al testimonio de Pablo. El Señor seguramente ha sido bueno y amable con nosotros, ¿no es así? Si no lo ha considerado, permítanme alentarlo a vivir ese testimonio en una vida de servicio, gloria y alabanza.

Si el Señor ha tocado un área de su vida que necesita trabajo, puede lidiar con eso ahora mismo. Basta con que usted, amado hermano, se acerque a él ahora mismo en oración, y así accede al trono de su gracia, no solo para recibir ayuda, sino también para alabarle. Adelante, y no deje de compartir luego su testimonio.

¿Y qué hay de usted, estimado amigo? Sí, usted que no es cristiano. ¿Dejará pasar la gracia de Dios que ahora está disponible para usted? Tal vez tenga muchas razones para pensar que Dios no podrá, o no querrá perdonarle, pero el testimonio de Pablo, y de cientos de hombres redimidos, nos dice que el perdón también es para usted. Así que, no lo dude más, no cometa el error de creer que su pecado es mucho más grande que el amor y la gracia de Dios. Mire, el amor de Dios por usted ya ha sido demostrado, justo en el momento que se determinó, allá en la gloria, que Jesucristo moriría por usted y por mí. Su gracia ya ha sido derramada sobre nosotros, desde el momento en que Jesucristo estuvo dispuesto a venir a este mundo para morir y hacer posible el perdón de nuestros pecados. ¿Qué falta, entonces? Que usted lo crea, y que, humildemente, obedezca la voluntad del Señor.

Lorenzo Luévano Salas.

Evangelista.